Pedro Lemebel, profesor. “Era su vida humana la dilatada brecha”*

Como un henchido vaso, traía el alma hecha para dar ambrosía de toda eternidad; y era su vida humana la dilatada brecha que suele abrirse el Padre para echar claridad.

Gabriela Mistral, “La maestra rural”

*Artículo de reflexión.

Miguel Alvarado-Borgoño§

§Antropólogo y sociólogo, Doctor en Ciencias Humanas, Postdoctorado en Transculturalidad. Universidad del Bío-Bío, Chile.

Correo electrónico: malvarado@ubiobio.cl ORCID: 0000-0002-1563-4108

Denisse Espinosa-Valenzuelaǂ

ǂ Licenciada en Educación, Profesora de lenguaje. Universidad del Bío-Bío, Chile.

Correo electrónico: daespinosa@ubiobio.cl ORCID: 0000-0003-1486-7046

recibido: 24 de agosto de 2023 Revisado: 12 de diciembre de 2023 Aprobado: 22 de diciembre de 2023

Cómo citar:

Alvarado-Borgoño, M. y Espinosa-Valenzuela, D. (2023). Pedro Lemebel Profesor: era su vida humana la dilatada brecha. Civilizar: Ciencias Sociales y Humanas, 23(45), e20230208. https://doi.org/10.22518/jour.ccsh/20230208

Resumen

Las grandes mutaciones culturales que ha vivido Chile en los últimos treinta años han impactado en la figura social del docente: se ha hecho un esfuerzo como política de Estado por dar al profesor/a su papel histórico y reforzar su importancia, pero paralelamente, los procesos han seguido su curso en detrimento de este rol social. Por otra parte, la educación superior ha intentado integrar, en la formación inicial docente, categorías como las de diversidad étnica, diversidad sexual, interculturalidad, inclusión, entre otras, bajo la presión de variados movimientos sociales y de la importancia que estas categorías han asumido a nivel internacional.

Palabras clave

Diversidad étnica; Interculturalidad; Inclusión; Identidad; Rol docente; Homofobia.

Abstract

The major cultural shifts that Chile has experienced over the past thirty years have impacted the social perception of teachers: there has been a state policy effort to restore the historical role of teachers and reinforce their importance. However, these processes have simultaneously evolved to the detriment of this social role. Furthermore, higher education has attempted to incorporate categories such as ethnic diversity, sexual diversity, interculturality, and inclusion into initial teacher training, influenced by various social movements and the growing significance these categories have gained at the international level.

Keywords

Ethnic Diversity; Interculturality; Inclusion; Identity; Teacher's Role; Homophobia.

Introducción: la empecinada memoria

Las grandes mutaciones culturales que ha vivido Chile en los últimos treinta años han impactado en la figura social del docente: se ha hecho un esfuerzo como política de Estado por reconocer a los/as maestros/as su papel histórico y reforzar su importancia, pero paralelamente los procesos han seguido su curso en detrimento de este rol social. Por otra parte, la educación superior ha intentado integrar, en la formación inicial docente, categorías como las de diversidad étnica, diversidad sexual, interculturalidad, inclusión, entre otras, bajo la presión de variados movimientos sociales y de la importancia que estas categorías han asumido a nivel internacional.

Sin duda, el menoscabo de la imagen social del profesor tuvo que ver con una visión geopolítica, donde el profesorado fue sistemáticamente perseguido durante periodo de las décadas de los 70 y 80 del pasado siglo en el Cono Sur de América. En Chile, el cierre de las escuelas normales de formación de maestros de primaria, la ejecución de maestros/as, el coartar la exclusividad del carácter universitario a las carreras de pedagogía, la desmejora significativa de las remuneraciones, la liberalización económica progresiva de la educación fueron, entre otras muchas, maneras de reenfocar el rol docente a un papel secundario, dependiente y siempre subalterno. Se olvidó a la fuerza que gran parte de los más brillantes intelectuales del país han sido maestros/as: Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Óscar Castro, Mario Góngora, Humberto Gianini, Sergio Vuskovic, Amanda Labarca, Marta Brunet, por mencionar solo a algunos. Este desconocimiento del papel social e histórico de los docentes intenta ser revertido en democracia básicamente a través de políticas públicas de mejoría parcial de remuneraciones y generación de evaluaciones que, entre otras cosas, pretenden devolver el estatus a la carrera profesoral en las últimas dos décadas.

Se desconoce realmente quién es el sujeto docente, invisibilizado y maltratado. Es curioso que la mayoría de las investigaciones denuncien la precariedad que envuelve a los docentes y que por décadas se continúe así: bajas remuneraciones, vulnerabilidad contractual, jornadas labores extenuantes, padecimiento de estrés y ansiedad laboral, la irrupción de la violencia dentro del aula, con el gran añadido de la ostensible fragilidad de la estructura de un sistema educativo que sencillamente no es eficiente ni considera relevantes a sus actores docentes. Basta observar cómo los esfuerzos se han materializado solo dada la presión de los actores en movilizaciones sociales y no por voluntad gubernamental de mejorar las condiciones en las que se imparte la docencia.

En la crisis del profesorado se han identificado factores como insatisfacción laboral, daño psicosocial, condiciones laborales insuficientes, agobio, entre otras. Las conclusiones han sido devastadoras. Por ejemplo, en 1994 Kohen y Valles reportaban que un 30 % de los profesores poseían mala salud mental, incluso se les adscribían patologías conductuales específicas como el presentismo laboral. Hoy el escenario no es muy distinto, y contra todo pronóstico e intento de solución, se ha agravado con ocasión de la pandemia por covid-19 y con el posterior retorno a la presencialidad. El 13 de marzo del 2022, el diario El Mercurio daba cuenta de un aumento, según el Compín, de un 350 % de las licencias médico-psiquiátricas para profesionales de la educación; incluso, la caja de compensación 18 de septiembre respondía en una entrevista señalando que, dada las condiciones de presión y agobio laboral docente, las licencias eran admitidas en su totalidad.

Este profesorado en crisis no solo padece agobio y estrés laboral, sino que, dado el rol social percibido por la ciudadanía como modelo ejemplar a seguir, muchas veces debe ocultar rasgos identitarios como militancia política, adscripción religiosa o, lo que se aborda aquí, la disidencia sexual.

Básicamente, en una sociedad tradicional y conservadora como la chilena, ser profesor/a constituye el ejercicio de una profesión que se proyecta hacia el ámbito personal e íntimo, por lo que la persona que hay detrás del plumón y delantal blanco desaparece como sujeto de la estructura social, y se convierte esencialmente en un docente tipo que sufre una suerte de invisibilización, situación que se ve exacerbada cuando se siente obligado a esconder su disidencia con la heteronorma (Catalán Marshall, 2018; Contreras Armijo, 2019). Si bien el ámbito educativo ha sido uno de los promotores del cumplimiento de derechos y el ejercicio de la libertad, lo cierto es que la inclusión y la diversidad han tomado rumbos relacionados principalmente con la discapacidad, la etnia, el género o el grupo socioeconómico, y ha dejado fuera la libertad de expresar una identidad sexual distinta a la heteronormativa patriarcal y, por tanto, ha imposibilitado la verdadera expresión de la diversidad y del ser (Butler, 2001).

Este artículo teórico tiene por propósito reflexionar sobre el vínculo entre formación, ejercicio docente y orientación sexual, a través del análisis del caso prototípico de una figura de la cultura nacional chilena, el ya fallecido escritor y profesor Pedro Lemebel. Se plantea como supuesto que su identidad pedagógica se enunciaba desde una posición de exclusión, identidad que no pudo desarrollar en el aula, pero que a través de su escritura se despliega al presente.

Parece ser poco difundido y conocido que Lemebel fue alumno de la carrera de Educación General Básica en la década de los 70 del pasado siglo, en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, transformado en la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, y que se tituló de profesor con mención en Artes Plásticas. Además, efectivamente ejerció la docencia en diversos colegios de barrios en la entonces periferia de Santiago, uno en Maipú, del cual fue despedido, y en el Liceo Nonato Coo (antes 621) en Puente Alto, en donde a pesar de haber sido premiado por su brillante ejercicio docente fue despedido en 1983. Resulta significativo que su exoneración como profesor no se hiciera relevante, pues se le destacó siempre como escritor, cronista y artista plástico. El esfuerzo por la inclusión respecto de la diversidad sexual, en el caso de este gran maestro de las letras chilenas, nos lleva a preguntarnos por la vinculación entre la orientación sexual de los maestros y su formación docente, como también el papel de esta orientación respecto de su ejercicio profesional. Surgen así las preguntas: ¿Es negativo que un profesor o profesora con otra orientación sexual que no sea la heterosexual manifieste su orientación en el contexto de su comunidad escolar de ejercicio? Más específicamente: ¿Cómo sería percibido por la comunidad educativa?, ¿cuál es el camino que debe tomar la institución educativa para replantearse la formulación de identidades diversas en el marco de la formación inicial docente? Nuestra intención no es responder estas preguntas, sino hilvanar un camino urgente para abrir la reflexión en torno a estas y otras interrogaciones necesarias.

Sin duda, en el ejercicio docente se desarrolla un complejo proceso de construcción de un yo social, en tanto profesor o profesora, siempre a la expectativa de la devolución de la mirada especular. Como dijo Lacan (1984), el yo es siempre otro y ese otro es producto de las miradas ajenas y próximas. Así mismo, la identidad docente de un maestro o una maestra en específico guarda relación con la construcción de un personaje, que no debe carecer de autenticidad, pero que es diseñado en la formación docente para mantener niveles aceptables de respetabilidad, legitimidad y distancia funcional. Sin duda este yo que es otro debe repensarse a la luz de la utopía de que se acepten docentes evidentemente homosexuales en la práctica pedagógica.

Desarrollo

Pedro Lemebel fue profesor1, ejerció en aulas, escribió sobre ello, aunque el contexto no podría haber sido más hostil: dictadura militar, homofobia abierta, recesión económica, desmedro del rol docente en términos sociales y políticos. Instado por su madre, en un principio la pedagogía fue un espacio de refugio del qué dirán, convirtiéndose en poco tiempo en una trinchera desde donde batallar (Coloane, 2015). Es interesante la resiliencia de Lemebel en la construcción del personaje, luchó para que tanto dentro como fuera del aula pudiera ser el Pedro Lemebel auténtico, siempre tratando de visibilizar el sentido de derecho que merecía la expresión de cualquier identidad u orientación sexual, cuestión no menor ni exenta de dificultades en su época.

Un cartel y la encaprichada reminiscencia

En el año 2012, en medio de las protestas estudiantiles, ondeaba un cartel colgado por el centro de alumnos de la UMCE (Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación) que decía “yo hablo por mi diferencia”, aunque apoyado por la dirección de extensión de la Universidad, con un retrato del escritor chileno Pedro Lemebel; allí se comenzó a desmalezar un camino que sigue entorpecido por prejuicios, tanto religiosos como sociales. Pero lo fundamental es que hace un par de décadas ese cartel no habría sido posible, no porque no hubiese exalumnos/as homosexuales brillantes, sino porque el reconocimiento de la identidad heterogénea no era parte de los programas ni de los partidos políticos, ni de los movimientos sociales más visualizados, y también porque la literatura chilena aún no reconocía la estatura literaria de Pedro Lemebel. La persecución del profesor Lemebel, que le impidió ejercer la docencia directa, se vio curiosamente resarcida por homenajes posteriores, póstumos o casi póstumos. En el contexto de estos homenajes a Lemebel en su carácter de personaje multifacético, incluido el rol de maestro, sorprende lo poco que está instalado el tema de la diversidad sexual en la formación docente y la carencia significativa de textos testimoniales de profesores/as homosexuales, lesbianas, transgénero, travestis, etc. La presencia de homosexuales, lesbianas u otros es por lógica elemental, y también es un segmento importante del universo docente. Entonces, ¿por qué parece que no existen?

Hay algunos testimonios contemporáneos de profesionales de la educación que hablan de su rol docente y del mismo modo de su orientación no heterosexual, pero son aislados y utilizan como plataforma instancias mediáticas o redes sociales (por ejemplo Carlos Herrera, español, con sus Reflexiones de un profesor gay fuera del armario de 2015), pero su aparición como sujetos relevantes no ha sido asumida por la academia, ni el Estado, ni por la institución educativa en general, cosa que sí ocurre en otros países (por ejemplo, Reino Unido elaboró la Ley de Igualdad en el año 2010, en donde se recoge explícitamente el acceso igualitario de personas con orientación sexual diversa al empleo); esta invisibilización se refuerza, en primer lugar, por los múltiples prejuicios imperantes, la homofobia (Butler, 2001; Pichardo, 2009), la homonegatividad, la homosexofobia, el heterosexismo, el homoprejuicio, en resumen, la presunción universal de la heterosexualidad (Llamas, 1998, p. 37). En detrimento de cualquier otra orientación sexual presente, esta homofobia supone, por ejemplo, una relación causal entre pedofilia y homosexualidad; ello está desmentido científica y estadísticamente pero cuando una articulación de sentido penetra en el núcleo duro de la conciencia colectiva poco cuenta e influye el dato de realidad o los criterios éticos. Hace muchos años que se ha determinado la existencia de la homofobia en el plano educativo, que se manifiesta a través del lenguaje y las prácticas institucionales, en los variados niveles y lugares, donde se proyecta la heterosexualidad (Epstein y Johnson, 1994) como lo positivo y obligatorio para docentes y alumnos/as.

Podemos afirmar que la homofobia se da en todos los planos de la vida, pero en los centros de enseñanza se expresa y reproduce con más fuerza, y genera “el horizonte de la injuria”, concepto que remite al “temor que sienten las personas con determinadas características al observar que otras personas, con las que comparten esas características, han sido agredidas” (Pichardo, 2009). No hay sorpresa entonces en el encubrimiento sistemático de las orientaciones sexuales no heteronormadas si se considera que cualquier docente que asuma públicamente el ser homosexual, lesbiana, travesti, transgénero, etc., verá peligrar su trabajo y por tanto, su sustento. Menos aún se ve que estructuren un testimonio sistemático sobre su práctica docente, ello nuevamente porque el prejuicio lleva fácilmente a asumir que siendo profesor se homosexualizará esta práctica y, por tanto, significará un modelo negativo para sus alumnos y alumnas.

En el contexto de Pedro Lemebel su muerte nos pone frente a un vacío, de cara a la soledad y a la inconsistencia; no se trata de retoricar su muerte, dolorosa y pugnada, sino hacer frente a la tragedia de la ausencia del poeta y profesor, que pareció no ser ninguna de las dos cosas, como dijo su amigo Roberto Bolaño:

Para mí Lemebel es uno de los mejores escritores de Chile y el mejor poeta de mi generación, aunque no escriba poesía. Lemebel es de los pocos que no buscan la respetabilidad (esa respetabilidad por la que los escritores chilenos pierden el culo) sino la libertad. Sus colegas, la horda de mediocres procedente de la derecha y de la izquierda, lo miran por encima del hombro y procuran sonreír. No es el primer homosexual, válgame Dios, del Parnaso chileno, lleno de locas en los armarios, pero es el primer travesti que sube al escenario solo, iluminado por todos los focos y que se pone a hablar ante un público literalmente estupefacto. (Citado en Lemebel, 2013, p. 30)

Queda así su testimonio moral y su forma de entender la educación, sí, exactamente eso: el testimonio moral de un poblador, de un exestudiante del pedagógico, de un izquierdista duro y no reciclado, de un homosexual que experimenta la “simultaneidad de la opresión” (Ortega, 2005, p. 68), una situación de especial marginación, de opresión múltiple. En palabras de Bolaño: “Travestido, militante, tercermundista, anarquista, mapuche de adopción, vilipendiado por un establishment que no soporta sus palabras certeras, memorioso hasta las lágrimas, no hay campo de batalla en donde Lemebel, fragilísimo, no haya combatido y perdido” (Lemebel, 2013, p. 38).

Condiciones todas que edificaron una marginación que hizo de él una persona llena de ira, es un hijo de esa rabia ochentera, tan propia de nuestra generación; los jóvenes de los 80 son hijos de la ira y ha muerto una de sus voces cantantes, ya la derrota no podrá ser tan claramente poetizada, ni sus costos expuestos de forma tan glamorosa y justa en narraciones que le robaron a Chile de cuajo su secreto.

La educación como homogenización impuesta

Ser homosexual es una marca tan certera y discriminatoriamente negativa como lo fue y sigue siendo la pertenencia a un grupo étnico minoritario; en Chile estos grupos han sido suprimidos, a veces, por medio de la invisibilización, otras por el exterminio físico (Catalán Marshall, 2018); es así como la institución escolar ha colaborado en ambas formas de represión (entre otras muchas), porque, cuando no es posible apoderarse de la totalidad del deseo del otro para así dominarlo, brota la escuela y el arma de fuego, dispositivos eficientes y legitimados para contener e invisibilizar, y así constituye la escuela en una dimensión del engranaje histórico que da sentido, desde el etnocentrismo al falocentrismo occidental.

La historia de la dominación del Estado chileno sobre la sociedad indígena mapuche en los últimos dos siglos y su homofobia no es nada más que una expresión del modo en que la colonialidad tardía y alienante en América Latina ha recurrido a múltiples maneras de dislocación simbólica y sometimiento físico para apropiarse de territorios, historias, narraciones y cuerpos (Tricot, 2020).

Existe una inmediata relación entre las formas políticas de dominación (el intento de monopolizar y hegemonizar el ejercicio de la fuerza física de la sociedad, respecto de un grupo étnico o sexual) y los modelos educativos, que como procesos aculturativos superan el plano de la seducción y el convencimiento para inscribir en los cuerpos los tatuajes del sojuzgamiento (Alvarado y Alvarado 2012).

En Chile, el proyecto educacional da origen a un modo de asumir la identidad en donde se idealiza la diversidad identitaria expresada en lo indígena o en lo homosexual (siendo dos identidades absolutamente distintas en su origen y carácter), como parte del proceso de racionalización modernizante, y que utiliza esta estrategia como mecanismo para legitimarlas. La búsqueda del presente, a decir de Octavio Paz, más bien ha sido un eterno retorno de racismo y homofobias, mal solapadas, con poca ayuda de la escuela en la superación de estas inconsistencias.

Como dijera alguna vez Durkheim (1975), la educación posee un rol homogenizador y otro diferenciador, hace compartir valores y conocimientos, vuelve a los miembros de una sociedad más parecidos entre ellos, pero su praxis específica y su contextualización segmentan la sociedad, y la diferencian cultural y socioeconómicamente, siendo en muchos casos cómplice de la invisibilización. Si asumimos el Estado como lo concibió Max Weber (1964), es decir, como una entidad cuyo papel fundamental es legitimar y sostener los diversos modos de dominación social, el Estado chileno ha sido garante de este delirio dilapidante de la energía social. Solamente para recordar: la matanza de la Escuela Santa María, la matanza del Seguro Obrero, el asesinato de homosexuales en las costas de Valparaíso por Carlos Ibáñez del Campo, la masacre de Pampa Irigoien durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva, los crímenes y las atrocidades de las que dan cuenta el informe Rettig y el informe Valech, solo por mencionar algunos de los sucesos más conocidos en la escalada de violencia sistemática de parte del Estado en contra de las minorías que Pedro Lemebel visibilizó y convirtió en el fundamento de su escritura: “Pero yo no hablo por ellos. Las minorías tienen que hablar por sí mismas. Yo solo ejecuto en la escritura una suerte de ventriloquía amorosa, que niega el yo, produciendo un vacío deslenguado de mil hablas” (Lemebel, citado en Schäffer, 1998). En el caso específico de los mapuches, en la actualidad, ya son varios los asesinatos cometidos en procesos de recuperación de tierras fraudulentamente compradas, sin siquiera mencionar la coacción sistemática a través del paso del tiempo de la que han sido víctimas tanto el pueblo mapuche como el aymara, así como también las personas y comunidades homosexuales, lésbicas, transexuales, travestis, etc.

En Chile, el proyecto educacional definido en función de la constitución del Estado-nación, desde la aparición de movimientos tales como el romanticismo de mediados del siglo XIX y el positivismo de finales del mismo siglo, ha dado origen a un modo de asumir la identidad que idealiza simbólicamente la diversidad étnica como parte del mencionado proceso de racionalización modernizante; pero en lo concreto del caso mapuche se legitima la ocupación de la Araucanía desde una visión eurocéntrica occidental y homofóbica hetero-hegemónica en el caso de la diversidad sexual. En este proceso, la educación ha tenido un rol fundamental como agente aculturador y colonizante. No obstante, esa misma educación da lugar a la aparición de intelectuales indígenas e intelectuales homosexuales como Pedro Lemebel —que se autodescribe como un “hombre pobre, sudaca y aindiado” (citado en Schäffer, 1998)—, que revitalizan y cuestionan la cultura al plantear propuestas alternativas que hoy se expresan en las acciones y leyes. La educación homogeniza y diferencia en el Chile republicano, desdibuja la alteridad que se expresa bajo la forma de lo indígena y homosexual, como también, de manera paradójica, posibilita su redefinición frente a las nuevas circunstancias del contexto moderno (Alvarado y Alvarado, 2012).

Los 80, periodo de experimentación literaria

La década de los ochenta se caracterizó por desarrollar un trabajo creativo de gran fertilidad en el campo cultural y artístico, a pesar y quizás gracias a la continua represión que imperaba. El periodo después del militar trajo consigo un proceso político que tuvo como consecuencia la intervención de las universidades, la puesta en marcha de un proyecto económico neoliberal, la entrega de confianza a un pensamiento deconstructivista y el éxodo de un grupo considerable de artistas que vieron interrumpido su trabajo generacional. A partir de estos cambios (radicales, del paradigma cultural chileno) inevitablemente se produjo un estrechamiento cultural que fomentó la manifestación contestataria y en ocasiones, por necesidad, clandestina, que objeta al sistema imperante. En este contexto, a mediados de los ochenta, comenzaron a desarrollarse una serie de trabajos artísticos; emergieron agrupaciones dispuestas a desarrollar experimentos innovadores, por ejemplo el CADA (Colectivo de Acción de Arte) grupo de intelectuales que, amparados por la Universidad de Chile, trabajan en la exploración de nuevas y transgresoras formas de expresión artística, el Ictus, otra agrupación de artistas, esta vez perteneciente al área del teatro y el colectivo de arte Las Yeguas del Apocalipsis que viene a generar la visibilización e irrupción de un grupo de escritores homosexuales en el medio artístico (y muchas otras que no alcanzaron el mismo renombre de las aludidas anteriormente, pero que tienen el mismo valor transgresor). Lemebel formó parte de este último grupo desde 1987, participó en performances e intervenciones artísticas, junto a Francisco Casas, poeta, artista y por entonces estudiante de literatura. Ambos escritores, convertidos en actores de su propio texto, generaron desde la realidad homosexual una interrupción de los discursos institucionales en la época de la dictadura. Su trabajo en el dúo de Yeguas cruzó la performance, el travestismo, la fotografía, el video y la instalación. Pero también los reclamos de la memoria, los derechos humanos y la sexualidad, así como la demanda de un lugar en el diálogo por la democracia (Contreras Lorenzini, 2016; Ingenschay, 2020).

La situación histórica de ese momento incentivó la eclosión de un tipo de literatura aparentemente inexistente, conocida como la literatura de minorías, entre ellas la de mujeres, que vino a despertar el interés por los estudios de género tanto en círculos académicos como independientes, la literatura homosexual y las primeras aproximaciones a la literatura del contacto interétnico. La literatura comenzó un proceso de reconstitución del objeto literario, y para ello se ha apoyado en un fenómeno que poco a poco ha tomado forma: la interdisciplinariedad, lo que trae consigo la interacción entre géneros. Así ha surgido la nueva novela histórica y el relato testimonial con la intención de cuestionar los meta-relatos y establecer una revisión de la historia. Apareció una generación disímil en la cual debieron compartir espacio los autores de la generación del 72 y los pertenecientes a los 80: la cuestionada generación de los nuevos narradores, por ejemplo, Marco Antonio de la Parra en un artículo publicado en el suplemento Literatura y libros del diario La Época en abril de 1989, ubicó a Sonia Montecino, una de las detentoras de esta corriente, como parte de “una generación que tiene como antecedente central el taller literario de José Donoso y como escenario público la aparición de los nuevos autores en La Feria del Libro de Santiago (1989)”.

En conclusión, se puede afirmar que los 80 se presentan como un periodo de fuertes cambios en el paradigma cultural y literario de nuestro país; fue el momento en que se trabajaron proyectos experimentales que buscaron descubrir nuevas formas de concebir y expresar el arte.

El ala rota

En su manifiesto, Lemebel nos muestra su preocupación por los niños que “nacerán con una alita rota”, es decir, con una orientación sexual fuera de la heteronorma, y luego agrega: “yo quiero que vuelen”, con ello crítica no solo la homofobia escolar, sino la discriminación en cualquiera de sus formas.

La escritura de Lemebel implica siempre un ejercicio pedagógico, no solo nos plantea una crítica a un escenario heteronormado, sino que al mismo tiempo profiere una súplica a un sistema dícese justo, pero que ha dejado de lado en sus luchas aquellas reivindicaciones que involucran otras diferencias. Pensar en Lemebel es pensar en lucha, en diferencia, en revolución y es que en sus textos existe un primado o eje transversal: pensar en las futuras generaciones. La metáfora que hallamos en los versos “Hay tantos niños que van a nacer/ Con una alita rota/ Y yo quiero que vuelen compañero” deja entrever su consigna de “y no es por mí/ Yo estoy viejo”; Lemebel vivió toda su vida como sujeto de exclusión, pobre, “aindiado” y homosexual, sufrió marginación, no solo en lo simbólico, sino que también en lo fáctico: de la orilla del Zanjón de la Aguada soñó con una casa, con un mundo idílico donde ser sujeto de derecho no estuviera supeditado a ser común, igual o como muchas veces lo llamaron normal; entonces, con todas sus vivencias, ¿cómo no querer sentar las bases para una reivindicación de las diferencias?, ¿cómo no querer proteger a las futuras generaciones de lo que él tuvo que vivir?

Resulta importante destacar que Pedro Lemebel poseía una dignidad implícita en su obra textual y en su atrevida producción plástica y performática. De velar su homosexualidad pasa a enarbolarla, y con esto se convirtió en un hito histórico, un personaje autogenerado: es un nuevo tipo de figura con una orientación sexual reconocible, que se identificaba como profesor y escritor que recogía el legado de los homosexuales chilenos. Fue un artista que, en la construcción de su yo público, hizo de la homosexualidad un rasgo de particular importancia, para transformarse en memoria histórica vivida, que recogió relatos y hechos en sus crónicas, que daban cuenta de una identidad absolutamente autoasumida, por tanto, escritura y vida se hicieron una, y generaron a su vez una nueva perspectiva artística. Probablemente en dictadura alguien que abiertamente se declarara y subrayara su homosexualidad no hubiese tenido un papel relevante, debido a la represión y a la inexistencia del tema, pero, ¿lo tendría hoy?, ¿estamos ahora en condiciones distintas?, ¿podría un profesor/a declarar su homosexualidad sin sufrir represalias?, ¿es quizás que el campo artístico sí da la posibilidad de manifestarse libremente, a diferencia de la institución educativa en donde aún se invisibiliza cualquier identidad u orientación distinta? En la escritura de Pedro Lemebel hay una abierta función pedagógica cumplida magistralmente, que recoge la historia oral y escrita de las personas homosexuales, sus reivindicaciones, su persecución:

Sus libros fueron y son de distribución masiva, reproducidos ilegalmente y vendidos en las calles, como el mismo Lemebel narra:

Hay una refracción mediática que era inesperada. Complicitada con esta escritura. Nunca lo presentí. Yo creo que hay una devolución de mano, en la reproducción pirateada de mis textos, en la repartija de esa portada que lleva el rostro de mi madre recién muerta en todas las veredas de Santiago. Ese es el mayor homenaje que le puedo rendir. Haber repartido su rostro, que ya no es su rostro, que ya es ese rostro que se permea en todas las desigualdades sociales y económicas que humedecen las calles de Santiago. Y también es el rostro de los desaparecidos. Y también es el rostro de la representación de la mujer, que a tantos años de lucha ha obtenido apenas algunos puestos de poder teniendo que usar terno de hombre con minifalda. (Lemebel, citado en Nachon, 2003, p. 45)

Es pródigo en su intento de hacer llegar a todos/as su legado, podría hablarse de una pedagogía de profesión y en la escritura, en tanto practica un esfuerzo por la superación de la segregación por medio de la desnaturalización de rasgos asociados a la homosexualidad, pero también se ve una pedagogía del testimonio, en su insistencia en narrar, en donde la exclusión y la diferencia son temas centrales denuncia aquello que, por tanto tiempo, la educación ha tolerado y fomentado. Un sistema educativo enfocado en la reproducción de lo existente (Bourdieu, 1998), en la exacerbación de las diferencias, en la mantención inamovible de aquello ya establecido. Para Lemebel ser homosexual no es la “única diferencia”, es solo una posible en el crisol interminable que acompaña el mundo social, que se convierte en dolorosa cuando la homosexualidad se une a la pobreza, por eso la rabia es la tinta de su escritura, porque emite un grito interminable que se escucha aún en todo el mundo, y vuelve audibles los relatos de la marginalidad, de las marginalidades, de aquellos/as que han sido y son silenciados.

Hoy está todo distinto, esos barrios están peligrosos y casi todo es permitido. Ya no existe ese romanticismo de la delincuencia, la imagen del antiguo Robin Hood ha muerto. La delincuencia de hoy es otra, muy cruel y todos quieren golpear a otros. Un claro ejemplo, ¿por qué a Daniel Zamudio lo sometieron a torturas si bastaba con una puñalada y ya? Hay una brutalidad fascista de otra época. Daniel, salió de paseo y se encontró con la Naranja Mecánica, versión neoliberal. Y yo, ahora de vieja, también me la he topado. (Lemebel, citado en Bahamondes, 2014)

El caso Zamudio es uno de los casos emblema de la lucha contra la homofobia. Daniel Mauricio Zamudio Vera (1987-2012) fue un joven homosexual chileno, asesinado y convertido en símbolo contra la violencia homofóbica en Chile tras ser atacado y torturado (recibió varias horas de golpizas) en el Parque San Borja de Santiago por parte de cuatro individuos, que se asume están relacionados con agrupaciones neonazis. Este hecho conmocionó a la sociedad chilena y generó un debate necesario sobre la homofobia y la falta de leyes contra la discriminación relacionada con este tipo de crímenes y otros, ley que fue finalmente aprobada luego de años de tramitación parlamentaria, y se creó también la Fundación Daniel Zamudio, por parte de los padres y amigos, y que tiene como objetivo combatir a la homofobia en todos los frentes posibles. Esta es la rabia gravitante de Lemebel, rabia que trae consigo la defensa desde lo poético y desde una forma de militancia homosexual, como se nota en su obra.

Tiempo atrás comentó que en su escritura dominaba la rabia, que quería temperar mejor esas furias para construir otro corpus de escritura: ¿qué le gustaría escribir si pudiera temperarlas?

–Cuando digo temperarlas, también estoy diciendo calentarlas a fuego lento, la rabia es la tinta de mi escritura, pero no la rabia hidrofobia del hombre perro, puede ser una rabia con pena, rabia con cuentas pendientes en el tema detenidos-desaparecidos, una rabia macerada y en espera de su pronta ebullición. (Costa, 2004)

Los docentes: pobres, castos y asexuados

Pero al igual que Lemebel, Gabriela Mistral lleva en su obra literaria la gesta educativa, en sus libros de poemas en donde el lector distraído solo ve dulzura hay estrategias y reivindicaciones, proclamas y ruegos, sobre todo con respecto al rol de la mujer, ambos autores circulan entre el género y la pobreza, en donde el amor es el apéndice doloroso, pero colateral al problema central, ser mujer y lesbiana en un mundo injusto y desigual, en donde es necesario educar para lograr cambios.

La gran maestra por excelencia, la única mujer latinoamericana Premio Nobel de Literatura, Gabriela Mistral, lleva años en la palestra por su orientación sexual (Garrido, 2021; Madrigal y Bermúdez Callejas, 2022). Durante mucho tiempo fue la “gran madre”, título que responde al estereotipo docente, un estereotipo falso y arraigado, en donde gravita la femineidad y el cuidado como soportes de roles morales y conductuales que no atienden a una situación mucho más heterogénea y compleja. Gabriela Mistral, la mujer-maestra, es conocida centralmente en Chile por sus poemas para niños, de amor trágico, que oscurecen su enorme obra pedagógica, (en términos de su producción escritural, mucha de ella no editada siquiera en Chile, y su influencia, por ejemplo, en la reforma educativa mexicana a la que fue invitada por José Vasconcelos para hacerse cargo de los cambios), en formación inicial docente y en cuanto a cuál es el rol de la escuela en Latinoamérica, esta dimensión educativa está llena de lagunas, negaciones, polémicas y falsedades, justamente por la homosexualidad de la autora, aún en duda por sectores más conservadores, que consideran eso impensable.

Es necesario ampliar la mirada respecto de qué es la profesión docente, sin desplazar la orientación homosexual al ámbito de lo privado, sino legitimándola como una expresión de la diversidad, que no obstaculiza ni la vocación, ni la práctica docente. Sin caer en prejuicios absurdos como aquellos que suponen que el reivindicar la homosexualidad implica negar la heterosexualidad, o ubicar la homosexualidad, el lesbianismo, el travestismo, etc., como alteridades negativas y dignas de sanción, que mantienen la percepción de que aquel que posee una inclinación sexual distinta es un/a desviado/a. Por el contrario, se trata justamente de abrir las opciones y quitar los aspectos punitivos, con maestros y maestras equilibrados psicológicamente, que pueden elegir libremente sin tener que ficcionar sus identidades; con la posibilidad de asumir sus orientaciones sexuales y convertirlas en parte de sus múltiples planos de la identidad, y desde allí ser docente para convertirse en reales facilitadores de la propia conformación identitaria y múltiple de los educandos/as.

Un autor textual para una sociología de la profesión docente

Generalmente el autor textual y el autor empírico no coinciden, pero la visión homosexual reivindicativa del activista y profesor Pedro Lemebel concuerda con el autor textual que es, ante todo, estrategia retórica, es decir, un modo de asumir la escritura donde el autor se define desde un sistema de valores claro y en este caso rupturista. Esta correspondencia ocurre aun cuando el autor empírico ya falleció, ya que su obra sigue operando como un sistema de textos testimoniales definidos desde la apelación a la tolerancia y a la inclusión, obra especialmente valiente para su época de producción y difusión. Hoy esta obra sigue plenamente vigente, cuando la inclusión irrumpe y crea un marasmo polisémico del cual la educación no puede escapar. En el marco de una, quizás, excesiva multiplicidad de definiciones, Pedro Lemebel, autor textual, está más vivo que nunca, y su apelación a la inclusión desde el respeto a la diversidad sexual es hoy un tropo retórico fundamental, inserto en un sistema de valores que refiere a la labor docente, tema que no había sido tratado, y es aquí, nuestro intento.

Desde aquel día, ese bello despeinado, no se perdía palabra de mi oratoria antimilitar. Oiga profe, me decía, hay que hacer algo para que se acabe la dictadura. Algo estamos haciendo Rony, no se acelere. Mientras tanto, usted tiene que estudiar, dar el ejemplo, y no andar quebrando los vidrios de la inspectoría, ni menos hacerle muecas a la directora ¿Me entiende?. (Lemebel, 2010, p. 50)

Su texto Ronald Wood, a ese bello lirio despeinado corresponde a una de las cientos de crónicas del programa Cancionero de Pedro Lemebel emitido en Radio Tierra en Chile entre los años 1994 y 2002 (Fajardo, 2015) y forma parte de su libro De perlas y cicatrices (Lemebel, 2010). Aunque Lemebel generalmente no releva el ejercicio docente que realizó en educación formal, en este texto se deja ver casi como un acto de incontinencia, por el sincero afecto frente a un exalumno asesinado durante la dictadura militar, su rol como profesor y las angustias que acompañaron el momento histórico.

A mí me fue muy bien como profesor de artes plásticas. Mis alumnos hacían maravillas, nos ganamos varios premios, por eso me permitían licencias de vestir, de llegar atrasado y medio copeteado, hasta fumaba pitos con mis alumnos. Tampoco iba a ninguna manifestación de apoyo a la dictadura. El profesor de artes plásticas tenía más ventajas, como el profesor de música también. Mi madre fue la persona que me instó a que yo estudiara pedagogía. (Lemebel, citado en Coloane, 2015)

Conclusiones

A Pedro Lemebel le tocó vivir uno de los momentos más duros de la historia reciente de Chile y en condiciones desfavorables: dictadura militar, SIDA, origen humilde en contexto de pobreza y bajo capital cultural y social. Pero desde esas condiciones de exclusión, trazó una forma pedagógica en su escritura.

Para Lemebel ser homosexual es su diferencia, no es un otro rotundo, es aquel distinto, que entiende el fin educativo, formador, constructor de mundos, que denuncia esa identidad que se configura, y abre un camino posible para muchos/as homosexuales insertos/as en la institución educativa, tanto jóvenes y niños/as como docentes que no pueden dar cuenta de su orientación. La identidad gay posibilitaría una práctica pedagógica más transparente a nivel intrapsíquico, pero ello es obstaculizado por los prejuicios aun plenamente presentes, que estereotipan y satanizan al/a la homosexual.

Es patente la urgencia de mostrar la homosexualidad como una orientación legítima y posible, pero su escritura es la vivencia de la marginación extrema, contexto en el cual su homosexualidad es vista lúcidamente como una forma más de marginación.

No es casualidad ser profesor y homosexual, se trata de la conjunción de dos nudos y de dos identidades, que comparten probablemente en dictadura rangos de marginalidad, pero al intersecarse generan un prototipo que (por razones extra pedagógicas y de carácter literario y artístico en el caso de Pedro Lemebel) transforma esa doble marginación en una coincidencia feliz. Lemebel enseñó, enseñó en colegios, pero por sobre todo en su escritura, pensando en las nuevas generaciones, rescatando la memoria histórica de todas las formas de marginación: indígenas, mujeres, delincuentes, travestis, pobres, pobladores. Su identidad pedagógica está dada por su rol como transmisor de una memoria en el límite, pero hermenéuticamente esa memoria está cargada de valores, valores que no pudo desarrollar en el aula, pero que siguen aún hoy, desplegados en su escritura.

La academia está acostumbrada a asumir lo educativo solo en el marco de la trasmisión formal e institucional de saberes, sin considerar que la educación existe y opera en todos los niveles y momentos de la vida, y genera una ecuación perniciosa: educación=instrucción. Justamente fuera de ese encasillamiento se ubica este análisis, que intenta mostrar la transversalidad del intento de Lemebel, quien a través de su obra transparenta un educador, no el convencional, no el educador cargado de moralina de las crónicas de antaño, sino uno nuevo, que denuncia y educa en un mundo diverso desde su propia diferencia. Su vocación pedagógica está plasmada en sus escritos, en donde reflexiona sobre el ejercicio docente, y practica la pedagogía indirecta a través de medios escritos y radiales: es el educador sensibilizado respecto de la diversidad en Chile, y actúa como un depositario de la historia oral de la homosexualidad latinoamericanas para difundirla a nivel masivo.

Olvidar la preparación, ejercicio y marginación de la función pedagógica en Pedro Lemebel nos pone frente a un olvido no casual. Aunque hoy asistimos a la promulgación de regulaciones jurídicas que combaten la discriminación y acepta la ley de unión civil. De todas formas, sería dificultoso el ejercicio docente de un pedagogo o pedagoga con una orientación sexual que no sea la heterosexual; el vínculo con los alumnos y alumnas estaría rodeado por la sospecha y se vería también dificultada su relación con la comunidad escolar, más si revindica su orientación haciendo pública su vida privada. Sin duda ha habido muchos maestros y maestras con una orientación sexual no heterosexual, pero ella se maneja en el plano del sigilo, de lo solapado, de lo sabido, pero oculto: el problema de Lemebel como profesor para plantearlo justamente con el eufemismo de problema, que deslegitima esa forma de especificidad identitaria, consistió no solo en su orientación homosexual, sino en desear ser profesor sin mentir sobre sí mismo.

Finalmente, hay un acto de valor civil y de una tremenda vocación en esa postura que de pedagógica pasó a estética, mantuvo su función primera, recuperó la memoria de la homosexualidad en Chile y reivindicó la posibilidad de poseer una orientación no heteronormada. Allí estriba su “delito” y su tremendo heroísmo, en no seguir la lógica de las virtudes públicas y los vicios privados, y al mismo tiempo en enarbolar su orientación sexual, haciéndola pública. Si tan solo la hubiera aparentemente ocultado, su vida como maestro habría sido plenamente realizable, pero no pudo, no quiso, quizás porque todos los desplazamientos, todas las descalificaciones, todo el desprecio, hizo de la rabia, como él bien dijo: la tinta de su escritura. Esa rabia, lejos de alejarlo de la docencia, lo llevó a una pedagogía indirecta respecto de la otredad de la homosexualidad, para no ser tan raro, para dignificar a otros/as, desde su costumbre tan arraigada de ser digno.

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